R A D H E S

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La intención, que no la conclusión, es la de ir escribiendo en esta página una historia. Quién sabe si real o imaginada. No hay plazos ni cadencias. Conforme ella llame a mi puerta, yo la iré transcribiendo para vosotros. Puede que el relato termine mañana o tal vez dure hasta mi muerte.                                                              Ni yo mismo estoy seguro de nada.


[octubre]        

EL REGRESO

19 DE SEPTIEMBRE DE 2005

¡Después de tantos años! ¡Después de tantas  cosas! O quizá no.  Tal vez el  tiempo no haya  transcurrido, ni  los hechos acaecidos  desde entonces  hayan sido  reales, ni  siquiera sueños; únicamente  retazos  de las  vidas de otros que hemos querido hacer nuestros para llenar la Nada que desde aquellos días anega nuestros corazones,  nuestros   pensamientos.  De  nuevo  mis  pasos  se  encaminan  hacia
lugares que recorrimos juntos. De nuevo respiro el aire que, sin ser el mismo, me hace vibrar de igual forma, ya que ni el olor, ni siquiera el sabor imaginado, ha cambiado de aroma, de textura. Y me  veo recorriendo las mismas calles en busca de aquella casa en la que había un balcón detrás del cual, es posible, nada más fuese, existiendo solamente el mundo que nosotros íbamos creando entre aquellas cuatro paredes. Voy buscando a través de callejuelas que únicamente mi corazón reconoce, aquella esquina en la que me ocultaba para atisbar, fugazmente, tu silueta recortándose tras las cortinas y descubría que aquel día tampoco estabas sola, que al lado del tuyo, el contorno de tu amante también ocupaba parte del espacio en el que yo hubiera deseado imaginarte sola, esperando a que yo llegara hasta la puerta de  aquella  casa  que había sido la mía. Y  ahora,  después  de  tantos  años,  esta  aparece  vacía,  abandonada tras una puerta  cerrada  con  un   candado de  grandes dimensiones. Miro a través de la ventana a la que le
faltan varios de  sus cristales y veo la  cocina vacía, llena  de escombros y te imagino  –casi puedo verte- inclinada sobre el fuego, envuelta en aquella bata azul que, entreabierta, me regalaba la visión fugaz de un seno del que aun tengo fresco el recuerdo del sabor, de la dureza y tibieza de su piel. La penumbra apenas me deja vislumbrar  las escaleras  que conducen hacia el piso superior, aquel en el que tantas
veces te abracé, aquel en el que tantas veces lloré el desamor, aquel en el que esperaba tu regreso, dilatado durante horas y horas; aquel  en el que tantas veces soñé que acabarías siendo mía, sólo mía.

Quiero escuchar, después de tantos años, después de tantas cosas, el sonido de tu voz y sentir, de nuevo, después de tantos años, después de tantas cosas, el aroma de tu cuerpo, la calidez de tus abrazos; sentir a través de tantos años, a través de tantas cosas, el aliento que de tu boca salía y del que yo me alimentaba. Pero ya son deseos imposibles de cumplir a no ser que ocurran en el mundo que, en mi mente, enferma desde entonces, Ella creó para atraparme, para hacerme suyo y ese es un lugar al que no quiero volver y al que en ocasiones me veo arrastrado. Pero no es este el caso; ni el momento. Únicamente es tiempo de recordar sin hacerme más daño que el que me produce darme cuenta del paso de los años, casi una vida que ni siquiera estoy seguro de haber vivido, al menos no con la intensidad deseada.

Y así, sigo desgranando mis pasos por las calles que se van buscando unas a otras, en una secuencia casi eterna a través de los años e imagino a las gentes que han habitado, antes, mucho antes, estas casas, ahora la mayoría atrancadas, sin vida aparente a causa de lo temprano de la hora. Intento respirar de la misma manera en que ellos lo hicieron, sentir de la misma forma.Pero no consigo hacer míos su dolor y su alegría; no consigo sentir el hambre o el miedo que aquellas gentes, ya olvidadas, padecieron a lo largo de siglos de incertidumbre y aislamiento. No consigo escuchar el eco de sus voces que ha permanece suspendido en un ambiente al que yo no tengo acceso en estos momentos. Tal vez nunca lo tenga.

Mis pensamientos me han llevado en sus brazos hasta aquel otro lugar en el que os descubrí fundidos en un abrazo que no me pertenecía y donde vi como sus manos recorrían tu cuerpo buscando los lugares que yo siempre imaginé míos. Y también fui testigo de tus caricias regaladas a un cuerpo que no era el mío. Yo, que creía que tu piel sólo reconocería la mía, fui testigo de la avidez de tus dedos buscando más allá de lo sentido, más allá de lo esperado; fui testigo de como tus labios buscaban afanosamente su boca para beber desesperadamente de ella, como si la vida te fuera en ello. Vi como tus piernas rodeaban su cintura reteniéndole dentro de ti, forzándole para que entrase más y más en ti, haciéndoos uno. Sin darte cuenta, siquiera, de que éramos tres los que allí estábamos; vosotros dos gozando y yo sufriendo, sin aire en los pulmones y helada la sangre en mis venas, detenida en ellas pues mi corazón no era capaz de marcar el ritmo que me había mantenido vivo -ójala no lo hubiera hecho- hasta aquel momento lleno de dolor, marcado por una agonía que parecía no tener fin, que no acabó cuando conseguí despegar los pies del suelo y huir corriendo, cegada la visión por unas lágrimas que manaban a borbotones desde lo más profundo de mi alma, hasta este otro lugar en el que ahora me encuentro y al que no sé cómo he llegado. De igual modo que aquel día.

Estoy en una plaza tranquila, recogida de la mirada de los escasos viandantes que frecuentan estas calles y con un mirador abierto a un mar salpicado de media docenas de rocas que salpican un mar tranquilo en los que las gaviotas estiran sus alas al viento, descansan o disputan, según les viene. Un grupo de pinos crean una atmósfera recogida y en ella me refugio, cómo entonces, después de tantos años, después de tantas cosas. Y cómo entonces el dolor me nubla la mente, me ofusca el pensamiento, no dejándome ver nada más que tu cuerpo y el suyo entrelazados, ajenos a mi presencia, sin daros cuenta de que a escasos pasos -casi hubiera podido tocarte-, yo me muero de amor, de soledad, de frío en el alma.Y como entonces vuelvo a sentir el odio invadiéndome por dentro, envolviéndome por fuera. Vuelvo a sentir el odio hacia aquel hombre que me ha robado tu amor, que te ha apartado de mí, llevándote a lugares que él cree ignotos para mí. Pero él desconoce mi poder, desconoce que soy capaz de adivinar sus más íntimos pensamiento, sus deseos más bajos, sus proyectos, sus ilusiones. Lo sé todo sobre él ¿Cómo si no, he sido capaz de encontrarlos? Juro que le haré pagar caro haberme robado a mi ángel adorado, le haré penar por haber poseído el corazón que únicamente a mi pertenece.

Ella es mía, sólo mía.


20 de septiembre de 2005

La música se va adueñando de mis pensamientos y dejo que mi mente corra tras las notas desgranadas por alguien que no consigo ver y que ni siquiera me importa saber quién es. Únicamente me dejo llevar por el sonido de los timbales, cítaras, mandolinas y cuernas a lugares recordados vagamente, a lugares donde el color del cielo nunca llegará y donde el calor del sol está prescrito desde siglos, desde que el mundo fue creado no sé con qué objeto y, la verdad, tampoco me importa demasiado en estos momentos. Ella ha conseguido cambiar mi agonía por una dulzona amargura totalmente llevadera. Casi es otra persona la que sufre, la que llora, la que ha sido traicionada. Pero , con todo, no puedo olvidar mis intenciones, mis deseos de venganza. Aunque he de reconocer que ahora esto no es lo que me agobia. Aunque bien es cierto que nada lo hace. Dejaré que me lleves en tus fríos brazos a donde tú quieras, a pesar de que no permites que olvide
totalmente mi dolor, a  pesar de no dejar sus cuerpos amándose, a pesar de que, cara   el   rastro   del   llanto   derramado, algún tiempo, mi vieja  amiga de oscuras de  los  años,  a  través  de  la   distancia. horas, seas tú quien gobierne mi vida.
que de mis ojos desaparezca el reflejo de  a toda costa, impides que se borre de mi consentiré que tú seas mi dueña durante intenciones,  mi  familia  perdida  a  través Dejaré  que,  al  menos  durante  algunas


24 de septiembre de 2005

No sé el tiempo transcurrido desde que he llegado a este lugar perseguido por evocaciones y obsesiones que yo creía desterradas. El sol ya está en su cenit más alto y sus rayos, atravesando los escasos resquicios entre las ramas de los pinos mecidas por el viento juega a proyectar figuras imposibles en el empedrado suelo. Apenas duran unos segundos, cambian constantemente y me dejo atrapar por el juego, sin pensar en
nada, sin notar el peso del recuerdo que se va haciendo más intenso a medida que las horas van transcurriendo. Me levanto cansinamente y emprendo de nuevo mi andadura intentando evitar los lugares en los que, hace tantos años, sucedieron tantas cosas, intentando que mi memoria no guíe mis pasos hacia aquel pozo oscuro en el que casi pierdo la vida. Pero ¿adonde ir? Por donde quiera que camino me cruzo con siluetas de mujeres que me parecen la tuya, con hombres que, al principio se parecen a él. Intento calmar mis pensamientos, repitiéndome una y otra vez que eso es imposible, que ninguno de los dos os encontráis ya en esta ciudad. Me obligo a recordar, una y otra vez, que este no es el momento. No es el momento de volver a vivir lo que ni siquiera estoy seguro de que sucediera. Porque el pasado ya no existe si no es para atormentarme, para recordarme que un día soñaba en que yo también podría ser feliz con una mujer a la que imaginaba como tú, tan bella, tan ajena al mundo en el que yo me desenvolvía, tan inaccesible y difícilmente abarcable. El pasado rememorado no hace sino acabar lentamente con el exiguo hálito de vida que aún me queda, minar mi cordura, tan frágil desde entonces.

Así, decidido a no dejarme atrapar por los espíritus, no sé si malignos o no, encamino mis pasos hacia la parte baja de la ciudad, buscando la puerta que abre la muralla y, al atravesarla, mi cabeza comienza a liberarse, poco a poco,del embrujo que sin yo quererlo, me ha transportado a una época oscura, en la que ni siquiera el amor fue capaz de hacer brillar la pequeña estrella que el Señor puso en mi corazón cuando me insufló la vida. Camino ya por calles abiertas, donde los edificios no consiguen frenar la luminosidad del día, ya avanzado, y mi cuerpo va absorbiendo el calor que el sol me envía,como si el cielo quisiera hacerme un regalo, entibiando también mis pensamientos, adormeciéndolos lentamente, relajando mis divagaciones y haciéndolas superfluas y evanescentes. Dejo que las imágenes de gentes que nunca he visto, desenvolviéndose en un entorno tan familiar para mí, me cuenten sus historias. Son jóvenes en su mayoría, pletóricos de ilusiones, de sueños que todavía pueden cumplirse. No hay nada más que mirar sus ojos para vislumbrar la esperanza desbordándose desde sus pupilas -tan brillantes, tan osadas- hacia el mundo. Casi todos han venido desde otros lugares buscando un lugar que intuyen mejor o, al menos, diferente. Y confío en que muchos de ellos lo hallarán. Desde luego que yo no lo he conseguido y creo que ya el tiempo para hacerlo ha pasado. Pero no me afecta demasiado haberme perdido en el camino. No puedo cambiar mi vida y yo mismo, a lo largo de los años transcurridos me he ido labrando un destino del que ya no puedo escapar. A lo hecho, pecho.


29 de septiembre de 2005

Es temprano. Hace ya un rato que estoy despierto. La luz débil de una tímida aurora que se va ruborizando a medida que se muestra al mundo, ha venido hasta mi ventana y, sin llamar, se ha colado dentro de la habitación del humilde hotel en el que paro, deslizándose por la sábana que me cubre y ha llegado hasta mi cara susurrándome que un nuevo día me espera. Lo que ella no sabe, ni yo tampoco, es lo que me deparará esta jornada que se presenta larga, llena de misterios que se irán desvelando a medida que las horas pasen.

Camino despacio, sin ninguna prisa, hacia la plaza del viejo mercado que indolentemente comienza su actividad. No hay clientes en los puestos que se alinean bajo los soportales, sólo los payeses que van ordenando su mercancía en los mostradores, alineando las frutas y verduras en un orden invariable a través de los años, quizás de siglos. En la esquina hay un pequeño bar que abre casi antes de que la noche vaya a llenar de misterios y miedos a gentes de otros lugares no

demasiado lejanos. Está casi al pie de la empinada cuesta que desemboca en la puerta principal de la muralla, la que da acceso a la Ciudad Vieja, allí donde nos ocurrieron tantas cosas. Me siento en un velador de la terraza y contemplo el trajinar de las gentes que a escasos metros, preparan sus puestos. Recuerdo que en este mismo bar, quizá desde la misma mesa donde  ahora tomo un café  con  tostadas, la  vi  por  primera  vez.

Descendía la rampa absorta en sus pensamientos, la cabeza inclinada, como si contemplara sus pies mientras caminaba, el cabello castaño, mediana la melena, suavemente rizado y ceñido por una ancha diadema, encubría parcialmente su rostro. Un vestido blanco, amplio, apenas retenido por unos finos tirantes, le llegaba hasta casi los tobillos ocultando las formas de su cuerpo. Pero, al instante supe que era una mujer hermosa. Intuí las curvas que sus caderas dibujaban y conocí unas piernas torneadas. Ya sabía de la rotundidez de su pecho y adiviné un rostro en el que se reflejaba  el Universo. Su andar me cautivó como si de un hechizo se tratara y me deje llevar por el suave balanceo que sus pasos iban dibujando, hasta un mundo lleno de sueños por fin cumplidos,  hasta un mar lleno de sus besos y abrazos, hasta un cielo en el que la luna y el sol eran sus ojos contemplando mi rostro, hasta un infierno en el que su boca me atrapaba en una eterna condena llena de deseo.

Aquel día, se perdió por la calle de su derecha, la que hay nada más bajar la empinada rampa. Pasó mucho tiempo hasta que nuestros pasos se cruzaran de nuevo, pero no importaba, pues su presencia se había instalado en mi corazón adueñándose de mi pensamiento y yo supe, en aquel instante, que aquella mujer y yo estaríamos juntos algún día.


 

© RADHES2005  [octubre] ISMAEL GARCÍA