R A D H E S

[inicio] [relatos] [poemas] [fotos]

[septiembre]        

EL REGRESO

2 DE NOVIEMBRE DE 2005

Los dos parecíamos haber sucumbido a una especie de hechizo pronunciado por una bruja amiga. Un encantamiento que nos mantenía inmersos en una felicidad continua. Yo inspiraba y eras tú quien expirabas, al mismo ritmo nuestros corazones bombeaban una sangre que ya compartíamos y un pensamiento único nos empujaba a vivir profundamente  enamorados.  Fueron  meses  en  los que el pasado que cada  uno de
nosotros había vivido no tenía lugar en un presente que se prolongaba eternamente, sin darle tiempo al futuro de inmiscuirse en nuestras vidas, de alterar, en lo más mínimo el curso de un río de amor que día a día se iba haciendo más caudaloso e, imparable, prosiguiendo su ineludible discurrir hacia un océano de paz y armonía. Nada importaba. Únicamente existía el lugar que en cada momento ocupábamos.

Y a pesar del dolor que ahora me produce el recordar, a pesar de que mi cabeza, parte de ella se niega a seguir inmersa en un tiempo que ya no me corresponde, me veo de nuevo dentro de aquella casa que ahora parece que soy capaz de hollar de alguna manera. Quizá sea únicamente el recuerdo quien hace que las puertas cerradas ya no sean un impedimento para mí o tal vez la fuerza del recuerdo me transporten a aquel entorno que ahora aparece ante mis ojos. Me despierto antes que tú, como casi siempre. Me gusta hacerlo para así disfrutar de la visión detu rostro dormido, de tu cuerpo relajado. Me aproximo a ti, casi rozándote y percibo el primer aroma que desprendes, envidia de las rosas, frustración de los jazmines. Pasan unos minutos todavía hasta que despiertas. No abres los ojos inmediatamente. Te desperezas antes de hacerlo y es entonces cuando yo aparto la sábana que cubre nuestros cuerpos y beso tus muslos, sumerjo mi cara en el rizado jardín que protege de la mirada indiscreta de hombres y dioses el lugar oculto que da paso al paraíso. Todavía tus párpados ocultan al mundo la luz que se desprende de tus pupilas y yo sigo reconociendo con mis labios los lugares en los que cada día soy feliz. Ahora son tus pechos y al cabo de poco tu cuello, para acabar hundido en tu boca, dejándome atrapar por tus brazos cálidos, todavía sin demasiada fuerza, invadidos por un sueño que se resiste a dejarte. ¡Cómo lo comprendo! Entiendo que no quiera dejarte ¡Debe de ser tan duro separarse de ti! Tus manos me empujan dentro de ti y comenzamos una danza tan antigua como el hombre y que nos va conduciendo lenta y dulcemente a un éxtasis al que ninguno de los dos tenemos prisa en llegar. Lo que nos importa es el viaje emprendido, no eldestino que no sabemos ni siquiera si existe o es producto de nuestra imaginación.

En cualquier caso, a pesar de estar forjándolo, no somos conscientes nada más que de este momento único, irrepetible, imitado por otros hombres y mujeres que nunca conseguirán sentir en la misma forma que tú y yo ahora, ni siquiera nosotros mismos seremos capaces de hacerlo.

Nos quedamos tumbados en la cama, en silencio dejando que el tiempo nos acaricie mientras va pasando en torno nuestro sin que apenas seamos conscientes de que existe. Ni siquiera sé si me he dormido, ni siquiera puedo asegurar que no haya pasado más de un siglo desde que nos quedamos tumbados el uno junto al otro o tan sólo hayan transcurrido unas décimas de segundo. Ya ves, así es el tiempo a tu lado, escapa al control, imposible de cuantificar, difícil de precisar. Pero una inquietud repentina se ha apoderado de mí. No sabría describirla, es algo así como una desazón que inesperadamente se ha instalado en mi pensamiento invadiendo mi corazón y llenando de angustia hasta mis entrañas. "¿Qué ocurre? ¿te pasa algo?". No sé por qué razón, pero intuyo que mi malestar se debe a que alguna circunstancia extraña altera tu forma de estar junto a mí, aunque sea así, en silencio, sin mirarnos, incluso sin tocarnos. Pero soy capaz de percibirlo, tan dentro de mí te tengo.

-No, cariño, no pasa nada-. Te giras hacia donde yo estoy y apoyas la mejilla en mi brazo. Tu mano comienza desvaídamente a acariciar mi pecho y un paréntesis de silencio se instala entre nosotros. Sigo notando que algo no marcha, pero no quiero forzarte con preguntas. No quiero agobiarte, tal vez sean sólo imaginaciones mías. Tu voz vuelve a llenar mi pensamiento.

-¿Por qué, qué te hace pensar que algo pasa?

-No sabría decirlo. Olvídalo.

Y de esta manera el discurrir de nuestras vidas siguió su curso durante aquel día que ya no fue igual a los anteriores. La sensación, la inquietud, no me abandonaba y ella parecía, en según que momentos, ausente. Escondida tras sus párpados, se refugiaba de tanto en tanto, en algo de lo que yo no formaba parte. O sí. Yo, entonces no podía saberlo. Mediada la tarde, no pude por más que insistir.

-Estás extraña ¿qué tienes? ¿Puedo ayudarte?

-No es nada, en serio. Es sólo una tontería-.

-Bueno, aunque únicamente sea una tontería, me gustaría que la compartieras conmigo. No me gusta que nada altere el brillo de tus ojos.

¡Son tan bellos!-. Sonríes levantando la mirada que ya busca la mía, hambrientas las dos por encontrarse, alegres de reconocerse.

-Ha sido sólo un sueño. Un sueño que me ha dejado mal sabor de boca-. Y mis labios buscan los tuyos, uniendo tu lengua conla mía y las dos se llenan de húmedas caricias.

-A mí me sabe a gloria. Va, cuéntame, háblame de tu sueño.

-Pero si es que apenas lo recuerdo-.

-Esfuérzate-. No quiero transmitirle la impaciencia que me invade paulatinamente. Acaricio tus cabellos y empujo tu barbilla hacia arriba, haciendo que nuestros ojos coincidan. Pero los tuyos se escapan enseguida. Hoy no aguantas mi mirada cuando siempre has sido tú quien la buscaba.

Hoy mi voz no es capaz de calmar tu ánimo y mis caricias no pueden llegar a un corazón que está cerrado por el miedo. Miedo imagino a contarme aquello que en algún lugar en el que yo no soy consciente de haber estado, te ha sucedido, no sé si conmigo o con alguna otra persona. Insisto. "Es este el momento, si lo dejas para más adelante será más difícil".


13 DE NOVIEMBRE

encarna La casa pequeña se presenta ante mí con la puerta cerrada, al igual que ha sucedido con la otra, los años han ido desgastando una fachada que ya nadie cuida y de la misma manera un gran candado impide que nadie pueda entrar y borrar con su miserias cotidianas los recuerdos que habitan la casa desde entonces. Recuerdos que siento tan frescos, tan vivos, casi cómo si todo estuviera sucediendo ahora mismo. No puedo ver el interior ya que las ventanas permanecen cerradas y la porquería acumulada entre el marco y las hojas, me hace pensar que tal vez no se hayan abierto desde entonces, desde aquellos días, los primeros en los que nos sentábamos después de cenar en el escalón que daba acceso al interior y allí permanecíamos cogidos de la mano compartiendo momentos entrañables con los vecinos de las otras casas que también salían a tomar la fresca. Charlábamos con ellos, o simplemente escuchábamos el rumor de la noche mientras se iba deslizando entre nosotros, haciéndose parte de nuestras vidas, llegando incluso a amarnos. Y allí en aquel escalón fue donde me explicaste que estabas conmigo en algún lugar. Paseábamos y hablábamos algo que no podías precisar. Vete a saber de qué se habla en un sueño. En un momento dado estábamos los dos desnudos y yo arrodillado  delante de ti comenzaba a besar tus muslos y después enterraba mi cara en aquel rizado jardín que daba paso al paraíso. El placer comenzaba a inundarte desde la profundidad de tus entrañas. Tomaste mi cabeza entre  tus manos y abriste los ojos que habían permanecido cerrados para sentirme más cerca, más intensamente. Entonces, al mirarme te diste cuenta con horror de que el rostro que sujetabas no era el mío.
-Entonces me he despertado y he comprobado que eras tú quien acariciaba mi cuerpo, que eras tú a quien yo estaba abrazando. Y ya está, eso ha sido todo. Nada más.

Nada más. No entiendo, ni en sueños me imaginaba que ella pudiera estar con otra persona que no fuera yo. Mis pensamientos se sumergen en un torbellino de preguntas que no llego a plantear, en un torbellino de sensaciones encontradas que no soy capaz de asimilar, tan rápidas se suceden, tan desordenadas. Pero hay un sentimiento que destaca sobre cualquier otro y es el miedo. Miedo a perderte, a compartirte con alguien aunque sea en sueños. Me repito una y otra vez que no es nada más que un sueño. Pero es que ni se me había pasado por la imaginación que un día pudiera despertar sin tenerte a mi lado. Fui consciente, entonces, que un mundo nos rodeaba, que los dos formábamos parte de un todo cargado de amenazas que continuamente atentaban contra nuestro amor.

-¿Y sabes quién era esa persona? ¿Era alguien conocido?

-¿Qué importa quién sea? No es nada más que un sueño.

-Tienes razón. Qué más da si sólo se trata de un sueño.

Permanecimos todavía unos minutos envueltos por la noche, acompañados por el silencio. Ella se levantó y dijo que estaba cansada.

-¿Vienes? yo me voy a acostar.

-No, ve tú. Yo me quedaré un rato.

-¿Estás bien?- suena tu voz preocupada. Tú también puedes sentir que algo no marcha. Me levanto y beso suavemente tu cara, en los pómulos, en la frente y finalmente, con mis labios rozo los tuyos, fugazmente, como si en lugar de un beso se tratara de un suspiro.

-No te preocupes, estoy perfectamente. Me fumo un cigarrillo y voy contigo-.

 

 Mi primera mentira.

 

Aquella noche me quedé durante horas sentado, mirando al cielo y pensando que estaba desorbitando las cosas. No había sucedido nada y ella me quería. Pero no entendía la razón por la que no había querido decirme de quién se trataba, quién era ese hombre que se había colado en nuestras vidas a través de un sueño, aprovechándose de que ella estaba dormida y yo ocupado en amarla, en entregarle mi vida y mi alma. Si no lo supiera, me habría dicho "no tengo ni idea" o algo parecido. Pero su respuesta fue "qué importa quién sea. No es nada más que un sueño" lo que implicaba que lo había reconocido. Tal vez se trataba de algún novio o, ni siquiera eso, algún conocido, tal vez. Bueno, ¿qué estaba haciendo? preocuparme por aquella tontería. Me parecía increíble. Era indigno de mí, ofensivo para ella, tamaña desconfianza. Me fui a la cama donde una calidez únicamente comparable a la del seno materno, me acogió sin ningún reproche, sin pregunta alguna; confiando en que el tiempo y el buen sentido hubieran disipado mis dudas, mis temores


17 DE NOVIEMBRE DE 2005

Hay veces –bien es cierto que no demasiadas- que en esta ciudad la lluvia se instala durante varios días. Cuando esto sucede, como hoy, nos quedamos en casa contemplando desde el balcón, la calle desierta, amortiguado el blanco inmaculado de las fachadas de las casas y estas reflejándose deformadas en los charcos que se forman en el empedrado piso. Se mueven los reflejos a  causa de las gotas  que caen
incesantemente formando una leve cortina que aún hace más incierto el momento del día. Pero el reloj me dice que es mediada la tarde. Han pasado un par de semanas desde que aquel intruso encontrara la rendija por la que colarse. Apenas le he dado vueltas al asunto. Al final comprendí, al menos eso creía entonces, que era una tontería. Nada por lo que preocuparse. Sin embargo una nueva inquietud se había ido instalando en mi pensamiento. No sabíamos nada el uno del otro, únicamente lo justo, lo meramente imprescindible. Hasta entonces el pasado no existía, no importaba ni siquiera el lugar donde hubiéramos nacido, ni siquiera si nuestros padres vivían o no. Nada sabíamos de las gentes que nos habían empujado a ser cómo éramos. ¿Quién recibió tu primer beso? ¿Quién te inspiró el primer poema? –en mi caso fue el dolor de la soledad de aquel momento, tan temida entonces y tan querida ahora, después de tantos años, después de tantas cosas- ¿Cómo era la calle en la que vivías cuando eras tan solo una niña? Hasta entonces nada de esto parecía tener relevancia, tan ocupados nos mantenía ir descubriéndonos a cada minuto cómo algo nuevo, diferente de cualquier cosa vivida, ni siquiera imaginada. Todas estas preguntas y otras, rondaban por mi cabeza durante aquellos días en los que tú disimulabas, haciéndome ver que no te dabas cuenta de que algo extraño sucedía. Pero yo era consciente de que tu preocupación crecía a medida que pasaba el tiempo y no lograbas que yo olvidara aquél sueño. Por que sin palabras alcanzabas mis pensamientos, al igual que yo los tuyos, y a través de las miradas, nada se ocultaba a nuestro entendimiento. Tal vez fue eso, saber que los dos sabíamos, lo que me empujó a dar el primer paso aquella tarde de un otoño mediado que nos retenía tras los cristales de aquel balcón que aún hoy, después de tantos años, después de tantas cosas, conserva aquellas cuerdas de las que, de tanto en tanto, colgaba nuestra ropa, mezclada la tuya con la mía, haciéndome creer que de verdad éramos uno. Aguardé a que te sentaras a mi lado. Juntos, tomando un té cargado de aromas de flores distintas, mezclado con alguna especia que nos recordaba países que nunca habíamos visitado y que tantas veces habíamos recreado en nuestra imaginación, desbordante casi siempre. La música era la lluvia golpeando los cristales y la luz, la que desprendían tus ojos, como siempre, aclarando la casi penumbra que se filtraba a través de los vidrios salpicados.

-Cuéntame algo de ti-.

Ni siquiera se sorprende ante la pregunta. La esperaba, sabía que tarde o temprano llegaríamos al punto en el que son necesarias otras cosas para establecer una equilibrada convivencia. Comienza a hablar y a través de sus palabras voy reconstruyendo en mi interior los lugares en los que se desarrolló su vida hasta el momento en el que se decidió a venir a este lugar.

Nació en un lugar bello como pocos, agreste y profundo, donde el mar, con sus embates constantes, intenta desde hace miles de años que las montañas que acuden a sumergirse en sus bravías aguas retrocedan sin conseguirlo, sin cejar en su propósito. El pueblecito que le dio cobijo durante su infancia aparece ante mis ojos rodeado de grandes montes que buscan el firmamento vestidos de un verde vivo y adornados de tanto en tanto con penachos de pinos y hayas, como peinetas. Al final las cumbres desnudas, ofreciéndose al cielo. Hay días en los que las nubes las rodean y van bajando hacia su base, como si quisieran sustraerlas a la vista de los hombres para siempre. Pero en esta tierra donde todo está profundamente arraigado, no lo consiguen y han de retirarse derramando, como si de lluvia se tratara, lágrimas de impotencia, sin ser conscientes de que han tenido el privilegio único de abrazarlas. Sin embargo, la belleza del entorno, esconde un paisaje humano lleno de conflictos, lleno de intransigenciasy de odios, de todos es sabido. Pero ella decidió, ya siendo una niña, que esto no la afectase. No quiso nunca mezclarse en cosas que nunca llegó a comprender ni supo porqué se generaban y mucho menos porqué se seguían alimentando en los corazones y en los pensamientos de aquellas gentes que se buscan constantemente y cuando se encuentran, no pueden llegar más allá de la intolerancia, del recelo y del miedo.

Por momentos el relato del sufrimiento, casi olvidado, que le causó la muerte de su padre cuando ella traía los cinco recién cumplidos y los apuros pasados en la casa y que todos intentaban amortiguar a la más pequeña de cuatro hermanos, me abstrae del lugar en el que nos encontramos y me veo moviéndome entre vosotros, a la hora de la cena cuando tu madre saca el puchero al centro de la mesa y desde allí reparte el potaje que sobró al mediodía al que ha añadidodos o tres patatas. Soy capaz de contemplar tu rostro de niña en el que no aparecen rastros de inquietud o del más ligero sufrimiento. Al contrario, tus ojos son los que, como ahora, llenan de luz y de ilusión un hogar que gracias a todos, rebosa calor y en el que el cariño alimenta la unión de todos vosotros, supliendo carencias que nada o poco tienen que ver con el espíritu. Y así, guiados por una madre de fuerte carácter, a medida que el tiempo transcurría, los hermanos fueron creciendo y, según les alcanzaba la edad, comenzaron a trabajar, suavizando los rigores a los que una escasa pensión de viudedad, los tenía condenados. La pubertad la sorprendió disfrutando de una situación, en cierta medida, acomodada y de esta manera pudo dedicarse a descubrir un mundo que se ofrecía ante ella cada día desprovisto de puertas. Un mundo en el que ella iba hollando lugares nuevos que ni se imaginaba que pudieran existir y, tomando posesión de ellos, se proclamaba la reina con el beneplácito de una corte que conforme el tiempo pasaba iba acrecentando el número de vasallos al ir creciendo su majestad en belleza y sabiduría, que no solo de pan vive el hombre.

-¿Y quién fue tu primer amor?

Nunca, siendo niña, se sintió especialmente atraída por ningún chiquillo de los que iban a clase con ella o de los que siendo algo mayores, compartían sus andanzas y juegos ya fuera por las callejuelas del pueblo o por los bosques cercanos. Y al ir creciendo, se daba cuenta de que nadie la atraía en la misma forma que a sus amigas. La pasión y el embeleso que ponían en la descripción de sus sueños con éste o aquél, era ella incapaz de sentir, por lo que llegó a pensar que tal vez no apareciera en su vida alguien capaz de conmoverla. Y es que a pesar de sentirte siempre rodeada de chiquillos que aspiraban a una sola palabra tuya y que algunos se conformaban con tan solo una mirada, nunca dejaste tus ojos prendados en la imagen de ninguno de ellos. Pero eras una niña todavía, todo llegaría en el momento oportuno, a pesar de que tus ansías de amor eran impropias en una persona de tu edad.

Y así fueron pasando los años, tampoco muchos, y un día sintió la necesidad de salir de aquel pueblo en el que era casi feliz y en el que, sin embargo, cada vez más, se sentía invadida por una melancolía que le atenazaba el alma y le hacía perder la sonrisa. Consiguió un trabajo en una ciudad cercana y a pesar de que al principio acudías diariamente a dormir a la casa donde la esperaban ansiosos su madre y sus hermanos, pronto decidió compartir un piso con una compañera de trabajo. Aquella fue la persona que la acompañó en los momentos en los que dejó de ser una niña para convertirse en mujer. En ella confiabas y ella era quien conocía los sueños que llenaban tu corazón.

-Y hasta entonces ¿no habías conocido a nadie que te gustara? ¿No habías besado a nadie? ¡no me digas que ningún chico te había cogido de la mano!

-Pues no. ¿Sabes? Nunca me había sentido atraída por nadie y ni siquiera la curiosidad había sido lo suficientemente fuerte. Si te hubiera conocido a ti, todo hubiera sido distinto. Pero tú estabas lejos, para mí ni siquiera habías nacido. En mi interior imaginaba que cuando conociese a la persona que el destino tenía guardada para mí, me volvería loca, loca de amor, como aquella reina que conoció el cielo y el infierno disfrazados de pasión.

Llegó a preocuparle el que no hubiera nadie que llenara su corazón de pétalos de cariño y que nadie fuera quién la acompañara en los sueños que la invadían cuando contemplaba el atardecer en aquel monte desde el que se divisaba un paisaje que te ayudaba a creer en Aquel al que algunas veces, desde la ventana de tu cuarto, cuando la noche te abría las puertas que comunican a los hombres con Dios y que no todos encuentran, levantabas al cielo una plegaria en forma de melancolía y bañada con lágrimas cargadas de esperanza. Era su amiga quien la animaba a salir con chicos. ¿qué más da que no te gusten? Igual surge la sorpresa de la manera más inesperada.

No, tú estabas segura de que nada más verle sabrías que era para ti. Y hasta ahora no había sucedido. Estabas convencida de que nada más conocerle, la tierra se partiría en dos y de los cielos surgirían haces de intensa luz acompañados de música al tiempo que una fuerza divina os empujaría a fundiros en un abrazo eterno, comenzando una danza sin fin. Y todo el mundo desaparecería bajo vuestros pies y un planeta nuevo sería creado para que los dos vivierais felices hasta más allá de la eternidad.

Pero no fue así como sucedieron los hechos. Únicamente en una cosa acertaste. Nada más verle supiste que se trataba de él. El momento no fue el soñado, sino que fue un instante pleno de calma, sin que ni siquiera tu corazón se desbocase, sin que ni siquiera la sangre reveladora de emociones se agolpase en tu rostro, aún casi de niña. Apenas desviaste la mirada de lo que estabas haciendo, tal vez plegar alguna prenda de ropa, ya ni te acuerdas. Levantaste los ojos un segundo y al verlo, una voz en algún lugar dentro de ti pero que no sabrías decirme donde se encuentra te dijo: "Es él".Y así, serenamente os fuisteis conociendo, estableciendo una relación tranquila en la que las prisas no tenían cabida. Os fuisteis conociendo poco a poco. Aún sin saber siquiera su nombre, por las noches un rostro llenaba los sueños.

Acudía frecuentemente a la tienda, casi nunca compraba, pero remoloneaba entre los colgadores, observándote casi de reojo, tímidamente. Y pasaron algunas semanas antes de que te preguntara si querrías ir a tomar algo con él.

-Y, ya sabes, me venía a buscar a la tienda y nos íbamos a dar una vuelta por la playa o nos íbamos hasta el final de la escollera. No sé, caminábamos, hablábamos de nuestras familias, del trabajo. Esas cosas.

Lo que tus palabras no me dicen, tal vez por delicadeza, es que tú lo mirabas embelesada cuando se acercaba hacia donde tú estabas. Tampoco me cuentas que tu cuerpo se estremecía al recibir sus besos y las caricias prodigadas por unas manos que no eran las mías, hacían prender fuegos que te consumían el alma, despertando en ti un hambre de amor que hasta entonces no habías sentido. Y los susurros henchidos de promesas que llenaban tu corazón de ilusiones, te hacían entrever la eternidad junto a aquel hombre. Él era a quien habías estado aguardando durante toda tu vida.

-¿Y te volvió loca, tal y cómo esperabas?

-Claro. Pero no cómo tú lo haces. Ahora dejemos esta historia y vamos a cenar algo, que fíjate la hora que se nos ha hecho.

Y eres capaz de bajar a la cocina y ponerte a abrir armarios y a buscar en la nevera los huevos, la lechuga, los tomates. Quieres que te ayude a pelar un par de patatas.

-No lo voy a hacer yo todo.

Ya había dejado de llover y la noche estaba fresca y oscura. Ni un alma por las mojadas calles, exceptuándonos a nosotros que caminábamos cogidos del brazo, en silencio. A saber lo que estaría pensando ella. Quizá estuviera recreando los momentos vividos con él. Tal vez lo echara de menos. Pensé que no debería de haberle preguntado por un pasado que hasta hacía pocos días a ninguno de los dos importunaba. Aunque el sueño aquel... Podría tratarse de una fantasía recurrente. Pero,¿qué estaba haciendo? ¡Jugando a los psicólogos! Mi razón me decía que lo mejor sería que olvidara aquella historia. Pero poco a poco estaba comenzando a obsesionarme. Desobedeciendo los dictados de la parte racional a la que por momentos se le escapaba el control de mi vida, insistí:

-¿Y qué fue lo que pasó?

Un mohín de disgusto se dibujó en su rostro. Incluso la voz me pareció un tanto alterada.

-Pues lo que pasa en estos casos. Nos veíamos casi a diario y poco a poco las pausas se fueron acortando. Un día él era quién se quedaba a dormir en mi casa y otras era yo quien lo hacía en la suya. Hasta que llegó el momento en el que nos fuimos a vivir juntos. De una forma natural, casi sin que nos lo propusiéramos. Aquello duró casi dos años y luego se acabó. Nunca más volví a verle.

-¿Qué ocurrió? ¿Por qué se terminó?

-¿Por qué tenemos que seguir hablando de esto? No me apetece. Aquello acabó y no entiendo porqué hemos de introducir en nuestras vidas fantasmas de un pasado que hasta ahora no había existido y al que no necesitábamos. Déjalo ya cariño

Tenía razón, para qué negarlo. Pero no me podía quitar de la cabeza el sueño aquel. No podía apartar de mi pensamiento que había habido un momento en nuestras vidas en el que otro hombre había acariciado su cuerpo y besado sus labios. Había habido otro hombre compartiendo sus pensamientos, provocando la sonrisa en su boca y también en su corazón. Otro fue el que por primera vez descubrió los más íntimos gestos de aquella mujer enamorada. Era otro el que por vez primera escucho los gemidos que desde lo más profundo de sus entrañas exhalaba aquella mujer -que me estaba volviendo loco- al ser acariciada, al ser hollada en lo más hondo de su ser. Era prácticamente daño lo que sentía. Me hubiera gustado no haber conocido jamás aquella historia de un amor adolescente, pero moría por conocer el resto, por saber qué es lo que les llevó a la ruptura, por averiguar si aún se conmovía al recordarle.

Si en aquel momento hubiera parado quizá hoy todavía estaríamos juntos.

-Cuéntame al menos que sucedió para que lo dejarais

-Por favor no me hagas seguir. Déjame refugiarme ahora entre tus brazos, déjame estar al lado de la persona que quiero. Deja de lado un pasado al que no podemos cambiar pero que está olvidado, guardado en el desván con los trastos viejos que ya no sirven para nada. Para mí todo aquello pasó y lo único que importa eres tú, aquí y ahora. No existe nada más. No quiero nada más, ni siquiera el recuerdo, ni siquiera el sueño de un mañana.

La luna aparecía intermitentemente a través de unas nubes que se empeñaban en impedirle la visión de nuestros cuerpos enlazados caminando hacia una casa a la que se accedía por una calle estrecha que tenía cuatro escalones como piso.

 

© RADHES2005  ISMAEL GARCÍA