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R A D H E S
Radhes es un lugar recóndito. No figura en las guías convencionales y ni siquiera en las que no lo son. Posiblemente, nadie a quien conozcáis haya oído jamás hablar de él. Pero si por casualidad encontrarais alguno que lo haya visitado, os explicará que Radhes se encuentra más allá de la mirada, justo entre el corazón y los sueños. Entonces, la mayoría de vosotros, pensaréis que os están tomando el pelo y seguiréis con vuestra vida olvidando en pocas horas la conversación mantenida. Pero siempre habrá alguien que pregunte, que escuche, que piense, que sienta, a partir de aquel momento, la necesidad de encontrar el camino. Por las noches imaginará como llegar, ya no a los sueños, sino únicamente, a vislumbrar la propia mirada que ha de trascender para comenzar la andadura. Y así, sin ni siquiera proponérselo, incluso sin ser consciente de ello, iniciará un camino dificilmente imaginable y en absoluto previsible. En este tiempo tan largo para unos y, por el contrario, tan fugaz para otros, quizás encuentre a algún otro que se dirija al mismo lugar. Eufóricos por el encuentro, planearán recorrer juntos el trayecto. De esta forma -comentarán-, todo será más fácil. Se acabaron las noches en las que la soledad alimenta el miedo a lo que nos rodea, a lo que nos mira sin que nunca podamos averiguar desde dónde, a lo que respira más allá de la oscuridad circundante. El tiempo del eterno soliloquio ha llegado a su fin. Podremos hablar y compartir nuestras esperas, las fatigas; hacernos fuertes el uno al otro en los momentos en los que la debilidad nos haga flaquear el ánimo. Y de esta forma, absortos en la esperanza de un viaje compartido, cuando apenas se hayan encontrado, llegarán a una encrucijada en la que cada uno sentirá que debe de tomar un camino diferente al del nuevo compañero. Así, sin apenas conocer el nombre con el que recordarse, cada uno seguirá por el derrotero al que su corazón le conduzca. Quizá algún día se encuentren de nuevo. Tal vez sea en Radhes. Nadie perdurará junto al peregrino a pesar de ser muchos los encuentros, muchos los momentos en los que soñará con el calor de una mirada, la placidez de una sonrisa ajena, la música de una voz que aún sin manifestarse, sea capaz de enseñarle tantas cosas. Así, enrabietado por la dureza del camino, habrá veces en las que tomará la decisión de desoír los mandatos del guía interior que nos va conduciendo hacia el objetivo deseado. Pensará que no es normal caminar siempre en soledad, que porqué no dejarse conducir por las decisiones que otra persona tome. Al fin y al cabo, todos los viajeros perseguimos lo mismo. Es común nuestro destino. Pero pronto se dará cuenta de que en la ruta hacia Radhes, los razonamientos que son válidos para la vida cotidiana, no sirven de nada. Y deberá volver a desandar lo andado. Y cuando lo haga, posiblemente tormentas que nunca hemos vistos, terremotos que no existen sino en la imaginación de los dioses, hayan borrado los senderos por los que habíamos transitado. Así pues, quizás, después de ímprobos esfuerzos y renovados sufrimientos, consiga retomar el lugar en el que optó por la decisión equivocada. Y sin poder parar pues el invierno se acerca y son frías y largas las noches, continuará hacia adelante, cumpliendo su destino. Conforme pase el tiempo, si es constante y fiel a la determinación de cumplir con su destino, se irá haciendo fuerte, resistiendo las muchas tentaciones para abandonar "ahora que aún eres joven, que todavía estás a tiempo de retomar las riendas de tu vida. Déjate de sueños imposibles, de quimeras que no conducen sino a la locura, al desvarío". Durante el viaje no conocerá el amor; tan solo soñará con él, imaginando lo bello que sería sentir el cálido cuerpo de una mujer dándole el calor que tanto necesita, las caricias que hacen que el vello se estremezca, que los sentidos se nublen y la vida únicamente tenga sentido por ese momento profundamente divino en el que un hombre y una mujer se abrazan apasionadamente y ya son la misma carne, el mismo sentimiento, un único pensamiento. Y soñará que ese momento único pasará y quedará la mirada cómplice de dos personas que han estado en un lugar que nadie más ha hollado. De esta forma irán transcurriendo los días, los meses y tal vez los años, según las personas, según las equivocaciones cometidas, dependiendo de las veces que hayamos sucumbido a las provocaciones, del número de errores cometidos, del cansancio y las vacilaciones. Pero un día, sin darnos cuenta del momento en el que ha sucedido, habrá un pálpito diferente que nos dirá casi en un susurro, con palabras hechas de aliento empíreo, que ya hemos llegado. Y el viajero, mirará a su alrededor y comprobará, imbuido de una serenidad ajena, que el entorno no ha cambiado. Es el mismo de siempre, los mismos lugares, las mismas caras, los mismos objetos... No obstante, si alguien le preguntara, diría: "Es Radhes, un lugar más allá de la mirada, justo entre el corazón y los sueños".
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