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R A D H E S
Ocurrió en en una de las calles de Radhes. Era un cálido atardecer aliviado por una brisa que proveniente del este, regalaba aromas de naranjos en flor mezclados con los del hinojo y de las suaves especias que los mercaderes exponían en una plaza cercana. Era tal el silencio que casi se podía escuchar el sonido del suave viento recorrer los estrechos recovecos de la ciudad, a rebosar o desierta, según sea quien vea. Porque en Radhes se encuentra aquello que se busca, incluso lo que anda detrás nuestro sin que seamos siquiera conscientes de ello. Hay momentos en los que basta con acomodarte en algún lugar y dejar que las cosas, las personas e incluso los dioses, vengan a donde tú estás, esperando a que la vida se deslice ante tus ojos mostrando los tesoros que hay guardados para el viajero que por fin llega a su destino. Y en una de estas me hallaba cuando conocí al viejo soldado ¡Sabe Dios cuánto tiempo llevaba penando y sufriendo su desgracia! Se sentó junto a mí y antes de sumergirse en un largo silencio, me contó que él solo estaba de paso, que había sido el albur quien había guiado sus pasos a Radhes, mas no tenía intención de permanecer demasiado tiempo en este lugar, nada más que el necesario para reposar un poco y seguir después su camino. Su destino era encontrar cuanto antes al guía que le condujera al otro lado de la vida, que le condujera al umbral de la muerte y, al traspasarlo, poder descansar, por fin, junto a su amada. Fue al cabo del rato -no sabría deciros cuanto, pues en Radhes el tiempo transcurre de manera diferente- que comencé a escuchar en mi corazón la historia de aquel viejo que, sin pronunciar palabra, me iba relatando unos hechos que son los que a continuación os narro.
Anochece y mis cansados huesos me recuerdan los días pasados soportando la lluvia y el sol; la nieve, el calor. El dolor de las viejas heridas, cicatrizadas, acude cada atardecer a recordarme las guerras pasadas, siempre perdidas aunque cantásemos victoria. Aunque el botín fuera generoso y nuestras arcas rebosaran, siempre pobres. Vacíos los corazones del tesoro más preciado, más buscado. Anochece y en mi cabeza aún resuenan las trompas y tambores convocando a los combatientes a la lucha; el pifiar de las bestias al ser enjaezadas, nerviosas, asustadas y los gritos de mil guerreros, enardecidos, hoy diría que locos. Hombres duros y crueles que jamás conocieron el amor de una mirada, el regalo de un gesto enamorado o una caricia gratuita. Anochece y todavía puedo escuchar el fragor de más de cien batallas. El entrechocar de las armas de acero, el sonido de las espadas. La visión de las hachas, de las lanzas, golpeando, ensartando, mutilando, segando sueños, esperanzas, sinsabores, aún invade mis retinas. Todavía puedo escuchar los sollozos de los hombres que morían lentamente, tirados en el campo de batalla, rotos los cuerpos y deshecha el alma. Aún recuerdo mi brazo empapado hasta el codo de sangre. Cálida y espesa. Sangre de heridas que a mí no me dolían. De heridas que ni veía ni sentía. Anochece y mi corazón aún se sobresalta al evocar la primera vez que mis ojos contemplaron tu rostro, tu figura... Fue en un momento de tregua, de descanso entre dos guerras, entre dos episodios de odio y avaricia. Tan bella, tan dulce, tan serena. Tan lejana de aquella vorágine de horror y de muerte; tan lejana de mí y de mi mundo que no quise desvelarte la clase de animal que era. Un ser capaz de matar por una mirada, un aroma; de violar, de robar. Alguien capaz de robar, de violar. Capaz de matar por un gesto de miedo o de desprecio. Capaz de matar por el color de una piel distinta, por el olor de un cuerpo diferente, por el oro, la codicia al cabo. Sin remordimientos ni dudas. Capaz de olvidar, en segundos, la mirada de un moribundo o la desesperación de una mujer mancillada. Y te llevé al viejo castillo donde transcurrió mi ya olvidada infancia. Te llevé a aquel lugar en el que casi nadie conocía la verdad sobre mi vida. Y, allí, me atreví a doblar mis rodillas ante el altar y, con la sombra de la cruz sobre nosotros, juré amarte, cuidarte, y respetarte no hasta que nos separase la muerte, sino más allá de la vida. Anochece y mi corazón se estremece de dicha y de tristeza a un tiempo, al recordar aquella primera vez. Aún siento las caricias de tus pequeñas manos sobre mi cara curtida de guerrero. Todavía recuerdo aquella primera vez en la que me llamaste "ESPOSO MÍO". Todavía siento tus palabras de amor susurradas en la oscuridad de nuestra alcoba, vertidas con pasión, con ternura, en unos oídos en los que aún resonaban los gritos de dolor, el sonido de la guerra. Anochece y a mi memoria, todavía acuden nítidos los pensamientos de aquel día tan lejano al contemplar tu sueño: "Amor, duermes. Duermes plácida y dulcemente mientras la noche discurre lenta y en calma tras la pasión de nuestro encuentro. Duermes mientras la luna se deja cortejar por las estrellas, mientras la suave brisa acaricia las hojas de los árboles y levanta algodonadas y tenues crestas de las aguas. Duermes mientras la noche va regalando amores, destapando soledades, mientras el sueño oculta sinsabores. Duermes, amada mía, mientras yo contemplo tu silueta dibujada en su contorno por los rayos de la luna que, ignorando mi presencia, acarician tu rostro, tus cabellos, tu espalda, tus caderas. Y la sombra de una rama del castaño se desliza furtiva por tus piernas insistiendo, insistiendo. Pero no me importa. No siento celos de ella porque sólo yo he podido refugiarme en tu mirada, colarme en tu interior a través de mis palabras y abrazar tu corazón, enamorado. Sólo yo he aspirado tu aliento jadeante y he bebido el cálido vino de tu boca y, así, embriagado, sólo yo he sentido cómo el abrazo íntimo de tu cuerpo hacía brotar de mi interior un manantial de vida. Y sólo yo, amada mía, he escuchado de tus labios: te quiero, vida mía. Al tiempo que mi amor rompía las cadenas que te ataban a una niñez ya perdida. Duermes plácida y dulcemente mientras yo velo tu sueño y me hago cómplice del silencio de la noche. Duerme, mi bien, mi amada, duerme hasta el alba, hasta que el sol llegue a tu cara y acaricie tu piel anacarada iluminando el mundo en el que vivo; el mundo en el que muero" Anochece y todavía siento cómo tus ojos rebosantes de ternura calmaban mis inquietos pensamientos, apaciguaban torbellinos de violencia. Y recuerdo que al fundirme en tu mirada, en la mía aparecieron destellos de cordura. Y comencé a descubrir cosas en las que nunca había reparado. Comencé a preguntarme por qué tanta barbarie. Contemplaba mi mano empuñando la espada como si no fuera la mía. Escuché mi voz desgarrada en la batalla como si fuera otro quien gritara. Mientras con mis armas atravesaba los cuerpos enemigos contemplaba, como si fuera la primera vez, la sangre manando de ellos. Y, por primera vez, miraba más allá de sus ojos y pude ver su miedo, su agonía . Hice mío el dolor de sus heridas y me preguntaba que me estaba sucediendo. Y eras tú, mi amada, quien sin saberlo, estabas cambiando mi vida. Contemplaba el cielo al atardecer tomado de tu mano, como si fuera algo nuevo y realmente lo era. Por primera vez, el sol me sorprendía y me cautivaba la luna, reflejo de tu rostro. Fuiste tú, mi dulce amor, mi niña, la que diste a luz a un hombre curtido. Tú me diste la vida. Ocurrió en mi última batalla. Inmerso en el fragor de la reyerta, podía escuchar los latidos de tu corazón en mi alma. Claramente, por encima del estruendo de la lucha, tu voz llegaba clara a mis oídos y de nuevo me decías <<te quiero amado mío, mi esposo>>. Súbitamente, alguien se abalanzó sobre mí blandiendo su arma, sacándome de tu recuerdo. Paré sus golpes cómo pude y, cuando ya iba a hundir mi acero en sus entrañas, algo me retuvo. Fue recordar el sonido de tu voz, el resplandor de tu mirada, el sabor de tus caricias. Y no pude hacerlo. Al pronto, sentí cómo mi carne dejaba paso al filo de su espada y caí al suelo, con tu figura reflejada en mis retinas. Mis hombres me recogieron y, en un pueblo cercano, curaron mis heridas. Después me contaron que durante días deliraba a causa de la fiebre y sólo repetía tu nombre, una y otra vez. En cuanto me encontré con fuerzas para cabalgar, partí hacia el castillo. Deseaba contarte quien había sido hasta que Dios te puso en mi camino. Quería decirte que era un hombre nuevo, que tu presencia había cambiado mi vida y que aquella alimaña que había sido antes, había muerto. Quería explicarte que ya no iba a haber más muerte, que aquella había sido mi última batalla, que había decidido cambiar de vida. Pero no llegué a tiempo. Alguien, pensando que habría caído en la guerra, te desveló mi secreto, mi mentira y horrorizada al descubrir tanta crueldad, tanta violencia desatada, tanta muerte sin sentido, fuiste languideciendo rápidamente cómo una flor sin riego en el caluroso agosto. En apenas unos días te apagaste cómo el pabilo de una vela consumida. Ni siquiera pude contemplar tu cuerpo, mi carne, amortajado. Ni siquiera tuve la ocasión de arrojar un puñado de tierra en tu sepulcro. Anochece y el dolor que por primera vez sentí entonces, se repite cada día, a cada hora, en cada instante. La locura nubló mi entendimiento. Mis ojos turbios por el llanto, buscaban por cada rincón del castillo tu figura. Mis manos, crispadas, temblorosas, recorrían el lecho en el que me enseñaste a ser niño y a convertirme en hombre, buscando un rastro del calor de tu cuerpo. Pero no pude hallar otra cosa sino tu recuerdo y tu ausencia y, cegado por el sufrimiento, huí. Escapé de aquel lugar en el que tu no estabas. Vagué durante años por montes y llanuras, cruzando ríos, atravesando páramos desolados, perdiéndome en los bosques. Buscando la muerte y huyendo de la guerra, de la sangre y el odio. Huyendo del remordimiento y la memoria. Mendigué la comida. Supliqué el cobijo de un techo, el calor de un fuego en las frías noches de invierno. Compartí con el ganado y las bestias el agua turbia de las charcas. Hasta un día en el que comprendí que no podía escapar a nada, que todo estaba dentro de mi corazón y pensamiento y regresé a aquel lugar en el que fui feliz por tan poco tiempo. Anochece y sé que mi sufrimiento no ha pagado el que yo he sembrado. Nunca podré remediar el daño que he causado. No podré devolverle al mundo todo lo que le arrebaté en mi juventud y sólo imploro el perdón de Dios y de los hombres. Y mientras tanto, mientras ése día llega, las lágrimas brotan de mis ojos al recordarte tan bella, tan dulce, tan serena.
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